Carta 1
Ernesto:
Esperé que cumplieras mis cincuenta para enviarme estas líneas con noticias tuyas de hace tanto tiempo atrás.
Todos los días, frente al espejo del dormitorio, practico diferentes caras de sorpresa imaginándome la nuestra al recibirlas. No es fácil decidirme por alguna. (Tengo miedo que el asombro sea gesto permitido solamente a este Yudica que nos mira).
De todas maneras, aquí están estos intentos por recordarnos de adultos en este niño que compartimos.
Yudica
Sobremesa con nuestra madre
Sin secarse las manos
(Era de nuestro padre
el último vaso
que levantaba
antes de la siesta)
sopló el fósforo
con el humo
de su cigarrillo
y se puso
una sonrisa a mirarme
este recuerdo.
Quería una selva en mi patio
Jamás un rugido
en treinta y ocho
macetas
Jamás
un aliento a serpientes
sobre las baldosas
recién lampaceadas
ni
furiosas tormentas
en su cielo
encapotado de parra
(El esfuerzo
por un corazón despavorido
me agotaba)
Tierra tragame
(La verdadera historia del barro contada por nuestro padre)
Durante siglos,
el agua
anduvo presumiendo con su anécdota preferida
(No había charco de mas de diez litros que no la repitiera)
“Unos pies descalzos, decía, me caminaron como tierra,
hace tiempo, lejos...”
Hasta que un incrédulo,
cuando no,
(Sin incrédulos ninguna historia sería fantástica)
le pidió pruebas de semejante maravilla.
Sin huellas que mostrar
ni argumento que la mantuviera a flote,
el agua
sintiéndose ahogada,
exclamó:
“Tierra, tragáme”
(La rapidez con la que fue satisfecho
su deseo
no sorprendió al agua en ningún momento
ya que ella venía sospechando,
aquella inmensa masa sólida,
una intensa ansiedad por recibirla
en el seno de su sed)
Iniciaron así, sin proponérselo
la, ahora famosa, colaboración interdisciplinaria,
logrando,
como resultado,
un híbrido de baja tecnología
que nos permitió
contar con el primer registro de caminantes
y que, con el tiempo,
(en homenaje a la sencillez de su elaboración)
se conoce,
simplemente,
como barro.
Cuando mi madre teje yo escucho un bandoneón
Siguiendo
la coreografía
de sus dedos con agujas
puedo imaginarme
la música
que ella se escucha
tejiendo en silencio
(Lo que bailamos
de un bandoneón,pregunto,
son músicas de tejer?)
Blancos de guardapolvos y brillosos de gomina
Temprano
y parados
(aquella mañana)
ante el orden
de las escaleras
recién inauguradas,
le juramos
fidelidad eterna
al desorden del sendero.
“Cobra” era la pomada de mis zapatos
Luego
de la angustia
(en cada paso
pisaba
brillos de víbora)
era
el alivio.
(Como todos los lunes
encontraba a mi gente
esperándome en la escuela)
En segundo grado comprendí lo mágico de la escritura
En
mi árvol
no escuchaba
al árbol
que nombraba
(La ortografía
es un compendio de ritos
a cumplir)
En clases de dibujo confirmé nuestra vocación literaria
Dibujar un pájaro,
para mi mano,
era escribir
la palabra pájaro
en una hoja en blanco.
Decime, nos perdonó la academia aquella agachada?
Te cuento,
recién de madrugada dejó de llover
sobre el césped del cilindro de Avellaneda
(Que siempre con gloria pisaba camino a la escuela)
Desde
la esquina del banderín
(de obras sanitarias)
el sol,
se me venía como un corner.
Estando solo en el área,
preparé el frentazo.
(Me conmovió el silencio de la Imperial)
y
lo dejé pasar.
(Antes que el habitual túnel de rejas verdes
me tragara para cantar “Alta en el cielo...”,
te acordás?)
Hablé con la tribuna:
“Muchachos, les dije disculpándome,
no jódan, che!
nadie cabecea sin dolor
una número cinco mojada”.
En la plaza y de noche aprendí a silbar
No habían
talleres de silbido
en la escuela
y
el aire
era
cosa de todos los días
en mi barrio.
(Todavía hoy,
cuando no silbo
respiro con culpa)
Los bañaderos del río chico
Con piedras
apiladas
contra la corriente
hacíamos profundo
lo inevitable
durante
toda una siesta de verano.
(Eran mis primeros esfuerzos
con la poesía)
De noche nuestro padre escuchaba perros peronistas
“El
de ladrido bailable,
escuchan?
Pura demagogia!”,
remataba indignado
(y aumentaba el volumen
de “Las dos carátulas”)
Antes de los transistores, las paredes hablaban
(Ni
en el río
ni
en la cancha
ni
en la plaza)
Para sonar,
en mi barrio,
toda radio
dependía
de una pared
que hablara.
(Con los graffitis, hoy
el milagro
no necesita enchufes,
necesita pintura)
(como antes de la radio)
